Dibujo de mayo - Camila Lopez
Dibujo de mayo - Camila Lopez
Porque nos volvemos ciegos
en el día que nace con nosotros,
y porque hemos visto a nuestro aliento
nublar
el espejo del aire,
el ojo del aire no se abrirá
sino en la palabra
hecha renuncia: el invierno
habrá sido un lugar
de madurez.
Nosotros, convertidos en los muertos
de otra vida que la nuestra.
Paul Auster.
Alegría.
(((colorfull glasses to see the world a little less gray)))
°M°
Con la mirada fija en la pared, intentando olvidarse de las personas que murmuraban y de las otras que se lamentaban en voz baja, sus recuerdos se reproducían en una época por la que ya no se había vuelto a pasear. Intento pensar, que no entendía por qué justo ahora estaba caminando sobre esos recuerdos, pero en medio de todo, el sabía de qué se trataba.
Se vio contando: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez pasos desde la posición de una maleta que había dejado uno de sus compañeros, hasta el lugar que le correspondía a la otra que él llevaba en la mano. Contaba los pasos en voz alta y sobreactuaba cada movimiento para que los otros dos se dieran cuenta que lo había hecho bien. “Es que si uno no cuenta en voz alta, después dicen que es que la cancha no tenía los diez pasos y por eso no pudieron meter gol, pero los buenos arqueros como yo, no necesitamos de eso, hasta en cancha de fútbol les tapo si quieren”, decía, mientras los otros dos se acomodaban para empezar a jugar.
De los tres ninguno era muy buen jugador, pero eso no era impedimento para pasar las tardes jugando en los pasillos del colegio mientras esperaban que los recogieran. La cancha era un pasillo que conectaba las entradas de primaria y bachillerato, por el cual no se asomaba ningún profesor, y que ellos por ser los últimos que se iban, lo tenían a sus anchas. En los días en que se peleaban por alguna circunstancia, simplemente se quedaban sentados en las escaleras espero que llegaran por ellos. No se dirigían la palabra por ninguna razón.
El llanto silencioso de una mujer que se abrazaba fuerte a otra un poco mayor que ella, lo hizo volver al presente, y ver como ya todo las personas que estaban a su alrededor se empezaban a ir intentando hacer el menor ruido posible.
Cerró los ojos, esperanzado de que tal vez así pasara el tiempo más rápido, y escuchando los pasos que resonaban constantemente en los pasillos que conectaban la sala con el resto de la edificación, volvió al recuerdo de esa casa vieja y llena de historias que había sido, como dicen en todos los colegios, su segundo hogar.
Pensaba en sus amigos de fútbol, Pacheco y Acero. Era mucho lo que habían compartido en esos años de ser los últimos en irse. Intentaba recordarlos tal cual eran, pero había pasado tanto tiempo sin pensar en ellos, que el pensamiento se veía empañado por el pasar de los años. Recordaba como Pacheco en el último año de primaria se había hecho popular entre las niñas y los cambios que esto había producido. Los cuidados que tenía con su presentación personal y como se cuidaba de no correr durante el día, evitando sudar o despelucarse. Afeminado, le llegaron a decir los otros dos, cuando él se negaba a jugar. Acero había sido casi siempre el mismo, pero nunca llegó a ser tan amigo de él, como lo era de Pacheco. Lo que más le molestaba de Acero, era su inmenso amor a los libros. De los tres, era el único que leía, y a él y a Pacheco, les molestaba que llegara a hablar de historias que no conocían. En realidad el vínculo más fuerte que tuvieron siempre, fue el pasillo que compartían en las tardes después de clases.
Como los tres vivían relativamente cerca, sus padres habían arreglado con un vecino para que los llevara a casa en las tardes, apenas se desocupaba. No había una hora fija en la que llegara a recogerlos, apenas tenía tiempo pasaba por el colegio y ya. Sin mucho compromiso, con la única responsabilidad de llevarlos a sus hogares a la hora que pudiera. También apenas podían, las familias le pagaban la ruta que hacía con ellos, sin mucho compromiso, con la única obligación de no dejar acumular demasiados meses.
Mientras pasaba un trago de tinto, recordó ese mes de Mayo que ya había olvidado, sentado en la oscuridad de un furgón lleno de cajas, en silencio, viendo como se proyectaba la calle por un pequeño agujero que tenía el furgón. Pensaba en la conversación que tuvo con sus papás la noche anterior y se daba cuenta que ya no habría más partidos de fútbol en el pasillo. En adelante su hermana sería la encargada de recogerlo y Acero y Pacheco se irían en una ruta que los recogería más temprano. Al abrir la puerta del furgón su papá lo alza para ayudarlo a bajar y sube al nuevo apartamento con su mamá y la ayuda a organizar unas cajas pequeñas.
En la sala ya no queda nadie, él es el último que espera a que le den la orden para poder irse, pero parece que el funcionario nunca va a llegar. Como cuando se quedaba esperando a su hermana a que lo recogiera y ella no llegaba. Su hermana a la que tanto había querido, pero a la que en esa época había odiado por hacerlo esperar; por llegar siempre tarde, tan sonriente como si fuera poco el tiempo que él había estado sentado ahí en esas escaleras sin nadie que le hiciera compañía. Porque el único que se quedaba hasta esas horas en el colegio, era Marquitos el portero, pero no era un buen tipo, siempre lo ignoraba, ni siquiera el día que le pidió el favor que le comprará un dulce en frente, en la tienda de Don Boston, lo quiso determinar.
Todo hubiera sido diferente sí ella hubiera cumplido con su parte de llegar temprano en vez de entretenerse con los muchachitos que la cortejaban. No le hubiera tocado aguantarse el abrir y cerrar de puerta que con la suerte de cada niño que se iba dejaba ver la cara del viejo Marcos. Y se da cuenta que otra vez está pensando en condicional y sabe que ese ha sido el gran tormento de su vida.
La voz del funcionario lo hace volver al presente, pero no tarda mucho en volver a distraerse. Las palabras del otro se van haciendo insignificantes y mientras le explica el procedimiento, él se queda anclado en ese año eterno que tuvo que esperar a su hermana sentado en esas escaleras que daban justo al frente de la portería de Marquitos y tan lejos de ese pasillo que tanto quería, con una puerta que abría y cerraba con cierta frecuencia pero por la que él no salía. Como si el funcionario supiera lo que está pensando, le pone un sello a los papeles que certifican la entrega del cuerpo.
NO SÉ QUÉ HACER (Donde no puede dejar de pensar en alguien)
No debería pasarme qué / a estas altura termine siempre tan nervioso / y ni me pueda reponer / porque mirarte es como ir hacia al abismo / de cabeza con una sonrisa sin poderme detener / no sé qué hacer contigo / no sé qué hacer contigo / quiero dejar de soñar / quiero dejarte atrás / No debería importarme qué / con todo y eso que termine en el mismo lugar / pero me importa mucho todo el tiempo / porque mirarte es recoger las cenizas / de lo que nunca se ha ido / de lo que permanece / no sé qué hacer contigo / no sé qué hacer contigo / quiero dejar de soñar / quiero dejarte atrás / para dejar de pedirte cosas que no vas a dar / No debería pasar / pero pasa / no debería doler igual o más / no debería sentirme en casa / sabiendo que con la primera luz de la mañana te vas/.
…Ciudades son lo mismo que perderse en la calle
de siempre, en esa parte del mundo, nunca en otra…
Enrique Lihn.

Ya no quedan más pájaros. Por fin te los traje todos. Este es el último. Me gusta verte así, contenta, abandonada escribiendo con sus plumas cada secreto que te cuentan. Ahora ya no sé qué haré para acercarte mi sombra. Ya no hay pretextos en los árboles para llegar a tu casa y ser parte de tu pensamiento. Tal vez hubiera sido mejor no llevarte tantos pájaros. No hay nada qué pueda hacer ahora, mi tristeza se empieza hacer visible, sobre todo en estas palabras que escribo.
Tal vez sea mejor irme. No tan lejos porque aun no estoy lo suficientemente seguro. No tengo sobre mi espalda los motivos suficientes para hacerlo, pero espero, que pronto los tenga. A veces salgo a buscarlos. Empezaré por habitar los árboles que deje desnudos, los deshojaré para terminar con ellos. Tal vez te lleve cada palabra que escriba en el proceso. Haré un esfuerzo por evitarme ese paso.
Busco finales para despedirme. Aun no encuentro uno que me guste. Estoy por aceptar que lo más fácil es quedarme. Lo es. Pero no me voy a quedar, a lo mejor, me voy sin despedirme y nos evitamos un mal recuerdo.
Volveré a mi tristeza por completo: compraré un gato y lo dejaré en tu cuarto cuando no estés.
Siempre he creído que las sensaciones son más importantes que nuestros nombres. No obstante, en algún momento, existe ese nombre que te lastima, hiere, y te deja sin respiración. Lo ves en un texto, lo escuchas o sencillamente lo recuerdas y sabes que te mata . Un nombre, capaz de encerrar todo el terror inimaginable. Un nombre que no te compadece, que te recuerda que eres dolorosamente finito, un nombre, que ayer fue gloria, hoy es dolor y mañana será olvido.
La niña ha decidido enterrarme, ha cavado un buen hoyo con sus propias manitas.
Yo soy el niño de Escocia y le pertenezco. He tratado de sollozar lo menos posible así que me he puesto la cabeza del hombre-caballo y lloro en silencio ahí adentro, solo.
La certeza de la muerte devuelve humanidad;…